Migración · Otoño

Septiembre en la Albufera: lo que llega cuando se van los abejarucos

Las especies estivales empiezan a irse. Las invernantes aún no han llegado. Pero es justo ahora cuando el humedal entra en su fase más dinámica.

A mediados de septiembre los últimos abejarucos ya están cruzando el Estrecho. Las garcillas cangrejeras llevan semanas camino de África. Los carriceros y carricerines que llenaban el carrizal con su ruido de fondo empiezan a callar. Para quien no conozca la Albufera, podría parecer que el humedal se vacía.

Ocurre exactamente lo contrario.

Qué se mueve en septiembre

El paso postnupcial en la Albufera arranca en agosto, pero septiembre es cuando el flujo de limícolas alcanza su máxima diversidad. Las especies que aparecen ahora son distintas de las que vendrán en invierno: se trata de aves que crían en el norte de Europa y en la tundra siberiana y que ahora bajan hacia África, utilizando los arrozales valencianos como escala.

Limícolas en los arrozales

Septiembre es el mes de la cosecha del arroz. A medida que se siegan los campos y se inundan de nuevo, aparecen láminas de agua somera que funcionan como una trampa de alimento para las limícolas en paso. Correlimos zarapitín (Calidris ferruginea), Combatiente (Calidris pugnax), Archibebe claro (Tringa nebularia) y Andarríos bastardo (Tringa glareola) son habituales. En años buenos, entre los bandos de correlimos aparece algún Correlimos de Temminck (Calidris temminckii) o un Correlimos pectoral (Calidris melanotos), un neártico que se cuela en el Paleártico occidental con cierta regularidad.

Rapaces

El Águila pescadora (Pandion haliaetus) es una de las presencias más constantes del paso otoñal en la Albufera. No cría aquí, pero entre septiembre y noviembre es posible observar varios individuos simultáneamente pescando en la laguna o posados en estacas de las pesqueras. El Aguilucho pálido (Circus cyaneus) empieza a dejarse ver hacia finales de mes, y el Esmerejón (Falco columbarius) aparece algo más tarde, ya en octubre.

Paseriformes

La pinada de la Devesa del Saler funciona como filtro para los migrantes nocturnos que llegan a la costa. Colirrojo real (Phoenicurus phoenicurus), Papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca), Mosquitero musical (Phylloscopus trochilus) y Tarabilla norteña (Saxicola rubetra) se concentran en los claros del pinar y las zonas de matorral bajo, especialmente tras noches de viento de componente sur. La actividad es máxima en las dos primeras horas de luz.

Octubre: llegan las invernantes

A partir de la segunda quincena de octubre el carácter del humedal cambia. Las primeras bandadas grandes de Ánade real (Anas platyrhynchos), Cerceta común (Anas crecca) y Pato cuchara (Spatula clypeata) empiezan a ocupar la laguna. Los Flamencos (Phoenicopterus roseus), presentes todo el año, alcanzan ahora sus mayores concentraciones: varios miles de individuos se reúnen en las zonas someras del sur de la laguna. Las Grullas (Grus grus) pasan en altura, en bandos audibles antes que visibles, camino de Extremadura y del norte de África.

Es también cuando llegan los primeros Mosquiteros comunes (Phylloscopus collybita), cuyo reclamo monótono —un chiff-chaff seco y repetido— marcará el paisaje sonoro del humedal hasta marzo.

La perellonà: el arrozal como ecosistema

Hay un fenómeno que define el otoño en la Albufera y que merece un artículo propio: la perellonà (en valenciano, la inundación). Tras la cosecha, los agricultores inundan deliberadamente los campos de arroz, creando decenas de miles de hectáreas de lámina de agua somera que replican las condiciones de un humedal natural. Es un sistema agrícola que, de forma no intencionada, sostiene una de las mayores concentraciones de acuáticas invernantes del Mediterráneo occidental. Pero la mecánica, la historia y la ecología de la perellonà dan para mucho más que un párrafo. Lo dejaremos para el próximo post.

El momento

Septiembre y octubre son, probablemente, los meses menos promocionados de la Albufera entre el público generalista. No tienen el reclamo visual de los flamencos en pleno invierno ni la espectacularidad primaveral del paso prenupcial. Pero para el observador con interés en identificación de limícolas, en rapaces en paso o en la dinámica de un humedal que cambia de composición semana a semana, no hay periodo más interesante.

Las temperaturas son cómodas —entre 18 y 26°C la mayor parte de septiembre—, la luz de las últimas horas es excelente para fotografía, y la presión turística se reduce drásticamente respecto a agosto. Es el momento en el que el territorio trabaja en silencio, y en el que se notan las cosas que solo se notan cuando uno está pendiente.

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